Cómo sobrevivir a un naufragio tomando agua de mar: Reflexiones sobre el libro de Mariano Arnal

siete dias en el mar, último libro de Mariano Arnal
Último libro de M. Arnal
"- Oye, Ángel, ¿tú has ayunado alguna vez manteniéndote sólo con agua de mar?
- No.
- ¿Y entonces cómo sabes que no vas a pasar hambre?
- Porque lo se.
- ¡Ah! "

(Conversación entre Mariano Arnal y Ángel Gracia antes del naufragio voluntario en Morro Jable, 2004)

Quien más y quien menos ha oído hablar de algún conocido que toma agua de mar a diario como complemento alimenticio o terapéutico. Los nombres de la Fundación AquaMaris, SeaWater, René Quinton, Ángel Gracia o Mariano Arnal (entre otros) se encuentran en multitud de sitios web, grupos virtuales y foros, donde defensores y detractores de su consumo confrontan posiciones con debates centrados principalmente en torno a la polución y la contaminación de la "sopa marina".

El objetivo de este artículo no es nutrir tales controversias sino reflexionar sobre la lección que dieron esas seis personas (entre ellas mi amiga Montse Puyol), al permanecer en un barco durante siete días, tomando únicamente agua de mar.

El origen: Fuerteventura

Remontémonos a diciembre de 2004 y vayamos a ese punto de inflexión (que no de partida) que supuso el naufragio voluntario en el puerto majorero de Morro Jable. Un grupo de seis voluntarios se disponía a demostrar al mundo que se puede sobrevivir, durante una semana, tomando agua de mar en pequeñas dosis de 10 mililitros espaciadas cada 15 minutos, careciendo absolutamente de cualquier otro recurso con que abastecerse.

participantes del naufragio voluntario en Morro Jable en 2004
Participantes del naufragio voluntario en Morro Jable en 2004 (Foto: N. Puyol)

¿Que haría yo si me viera inmerso en un hundimiento sin tener absolutamente nada que comer ni que beber?

Hago la pregunta pero, sinceramente, no me atrevo a responder. Por un lado porque nada se vive de tercera mano. Un relato sobre la sed (como sobre el hambre) no resulta creíble sin haberla padecido previamente. Por otro lado, tampoco se muestra nada fácil hacerse con el ingrediente oculto que repentinamente les sobreviene a los náufragos: El momento en el que el miedo a la muerte inminente por sed acecha en forma de desesperación.

Recorte de la prensa que se hizo eco del evento en aquel año 2004
Recorte de la prensa que se hizo eco del evento en aquel año 2004

Teniendo vigilancia las 24 horas ¿Es realmente un naufragio?

La intención de los tripulantes, en aquel simulacro majorero, era bastante clara al principio: Permanecer en alta mar una semana sin víveres. Sin embargo, desistieron de su intento y se conformaron con amarrar el barco a un pantalán en el puerto sureño, por dos razones: El mar estaba muy picado y Salvamento Marítimo carecía de recursos suficientes para poner un servicio exclusivo de vigilancia a la embarcación, amén de que la tripulación no tenía un capitán que la guiara.

aspecto de las literas del barco
Aspecto de las literas del barco
Si nos guardamos un as en la manga, si disponemos de un resorte al que recurrir en caso de dificultad, bien sea a través de una llamada desde el teléfono móvil para pedir auxilio o mediante visitas rutinarias de un médico a la embarcación, no se puede considerar un naufragio (con todo el respeto al calvario relatado por Arnal sobre Hernando Franco). No aparece por ninguna parte esa incertidumbre continua de la persona, ese horrible pavor a la maldita sed. La condición fundamental del siniestro no es tanto la sensación de sentirse fuera de su hábitat como el acecho de la desesperación, el miedo a morir deshidratado.

Cuando un pez que es arrastrado por la pleamar queda encallado en la orilla de la playa, exponiéndose al sol, retiene el máximo posible de agua en su cuerpo. Todo ello a la espera de que la marea suba de nuevo y lo devuelva a su entorno marino. El fatal desenlace se produce, irremediablemente, si la ola tarda en regresar más de lo que el animal puede soportar.

La especie humana, que salió del mar hace ya tiempo, dispone de unos órganos que evolutivamente le han permitido permanecer cada vez más tiempo en "esa orilla": Los riñones. Y es esta situación, como la anteriormente descrita, la que hace que se disparen en el individuo los programas biológicos tendentes a hacer lo mismo que en el caso del pez: Retener el máximo de agua, reduciendo las funciones corporales a su mínima expresión de manera que, funcionando de modo eficiente, o bajo mínimos, pueda sobrevivir hasta que las circunstancias medioambientales se tornen más favorables.

Me parece de sentido común comprender, por tanto, que es el manejo del estado psíquico la circunstancia fundamental que hay que controlar, por encima de la cantidad de agua de mar que seamos capaces de asimilar sin riesgo.

El cerebro controla todas las funciones del cuerpo, se expresa a través de la psique y se manifiesta en el organismo. "Manipular" las condiciones alimentarias en un entorno seguro no creo que tenga comparación con una situación catastrófica real, donde aparece una percepción psíquica que ni de lejos tendría el mismo efecto.

Voluntarios delante y autoridades locales detrás
Voluntarios en el pantalán del puerto de Morro Jable posando con autoridades locales (Foto: N. Puyol)
Amarrados a escasos metros de un pantalán no vamos a manifestar sintomatología de uremia, oliguria, anuria o síndrome de túbulos colectores renales, porque en ese escenario artificial hay un componente que difícilmente podrá engañar a mi cerebro: Tranquilidad relativa, y -como mencionaba antes- el cerebro maneja el conjunto de las funciones del organismo, administrando nutrientes y suministrando recursos allá donde hicieran falta.

Mi primera entrevista con Mariano Arnal:


Gracias a lo ameno de las conferencias de Ángel Gracia -y la introducción a ese mundillo por mis amigas Susana y Montse- comencé a tomar agua de mar hace más de tres años, "a lo bestia" en mis inicios, moderadamente después. Hoy día consumo el equivalente a casi un vaso diario.
Cesar Lopez y Mariano Arnal
La cena con Arnal en abril de 2013 en  Gran Tarajal

El 18 de abril de 2013, y en una distendida cena en la Cofradía de Pescadores de Gran Tarajal, mi amiga Montse me presentó a Arnal y, como en todo banquete que se precie, dejé en manos del vino blanco el ir puliendo cualquier resabio de timidez que anduviera suelto para, seguidamente, sacar a relucir toda la artillería que traía preparada conmigo y "brearlo" a preguntas.

Ni qué decir tiene que - lamentablemente para mi ego - Arnal desarmó uno a uno todos los argumentos que yo le exponía. "El agua de mar está contaminada... Vale... ¿Y el aire? ¿Haces algo respecto del aire que continuamente estás respirando? Porque ese sí que está contaminado". Tras esa contestación me pasé del vino a la cerveza.

cerveza hecha con agua de mar
En casa de unos amigos en Lanzarote hace unos días
Cinco botellas más tarde (al menos esas pude contar) y un orujo de hierbas tras pedir la cuenta al camarero me dí, finalmente, por vencido. Hube de reconocer que, pese a los estudios que recojan que el agua de mar está contaminada y los que afirmen que su ingesta no afecta a la salud, el salto cualitativo lo damos guiados por la intuición y no por el raciocinio.

Eurípides decía que el agua de mar lava todos los males del hombre. Mi familia me recuerda con relativa frecuencia que me puedo volver loco tomándola. Pero ya en el Siglo XIX William Blake afirmaba que "el loco que persiste en su locura llegará a ser sabio". Mi intención es continuar esa senda porque, total, no tengo otra cosa que hacer y la ignorancia -aparte de ser la madre del atrevimiento- es sinónimo de humildad.


En Gran Tarajal, a veintiuno de agosto de dos mil catorce

César López Molero



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