Madrugada de Gran Tarajal

La plaza de Gran Tarajal vista desde mi piso
Hace rato que la oscuridad reina sobre el pueblo de Gran Tarajal. Un negro manto cubre completamente el cielo majorero, a la vez que deja entrever pequeños trazos de estrellas, que tímidamente parpadean al abrigo de esta noche de agosto.

Son ya cuatro las veces que he intentado sin éxito dormirme hoy. De nada han servido los centenares de vueltas sobre el lecho. Al parecer, el insomnio ha resuelto acampar a sus anchas. Me mira fijamente a los ojos a la vez que me susurra al oído: "¡Chaval! Todo apunta a que esto va para largo".

Lentamente me voy incorporando hasta quedar sentado en el borde del colchón. Una agradable sensación desciende por mi espalda como un escalofrío. Apoyo el pie izquierdo sobre el rugoso suelo, prosigo después con el derecho. Siento la tibia frescura de las plaquetas bajo mis dedos. 

A tientas pulso el interruptor sobre la pared. La luz de la bombilla me ciega momentáneamente. Me planto frente al espejo y examino detenidamente al individuo posado frente a mí. Escudriño sus expresión facial, buscando posibles razones que expliquen el porqué de su actual estado. Fijo la atención sobre las líneas que dibujan algo parecido a una cara. No hay un atisbo de tristeza en el rostro, ni restos de cansancio bajo los párpados, entonces... ¿Qué demonios me sucede?

Decido quitar paja al asunto y camino despacio hacia la cocina. ¿Demasiado café en el trabajo? Puede que sí... Al llegar junto a la encimera, lleno un vaso de agua para, ipso facto, apurarlo con el deseo de que me sirva de cura milagrosa y regrese a dormir. No es momento de milagros, según parece.

Presto atención al reloj colgado de la pared: ¡Mala suerte, siguen siendo las tres de la madrugada! La eternidad ha decretado acompañarme en esta velada. Amablemente me rindo, le cedo asiento junto a mí en el sillón del salón y le invito a contemplar la quietud de esta noche que se cierne sobre los pueblos de Fuerteventura.

Presenciamos estupefactos la paz que emana desde el corazón de la Iglesia de Gran Tarajal. La vista desde la ventana de mi apartamento es, sencillamente, majestuosa en esta madrugada. Las calles permanecen huérfanas sin nadie que camine a través de ellas. En vano busco algún atisbo de vida humana alrededor. Todo es inútil. La plácida noche me devuelve silencio y solo silencio, la eterna música celestial.

La luna flota inmóvil sobre la espesa negrura, arrojando destellos de plata sobre las fachadas de los edificios, deleitándose coqueta en el inmenso espejo del mar.

El suave murmullo de los árboles y palmeras de la Plaza de la Candelaria me devuelve rápidamente al momento presente, único lugar en el que la vida puede existir. Dirijo por última vez una mirada a las agujas del reloj. Pronto serán las cuatro y en pocas horas me veré conduciendo el coche, como a diario acostumbro a hacer de camino a mi lugar de trabajo.

Las ojeras me delatarán mañana ante los compañeros. ¿Qué excusa puedo darles si ningún problema me ha sobresaltado en mitad de la noche? Le resto importancia... Algo inventaré para salir del paso.

Me despido de las dos visitantes que amablemente me han acompañado todo este tiempo. ¿Qué pudo haber ocurrido? No lo se, supongo que tan solo se trate de un enigmático episodio de insomnio estacional.

Regreso lentamente a través del pasillo de nuevo a la habitación. El cansancio ha retornado a casa y lo abrazo efusivamente. La cama me espera, tal y como la dejé hace apenas una hora. Bendita sea.

En Gran Tarajal, a veintinueve de agosto de 2012. Hora: 4,00 AM

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